Nuestra vida es una sucesión de decisiones. En nuestros primeros años esto no es algo complicado, ya que no tenemos capacidad de decisión y todo nos viene dado. Sin embargo, a medida que vamos creciendo y madurando, nuestra vida se vuelve más compleja, al igual que nuestras decisiones.

Pero, ¿qué es tomar una decisión? Hay quien la define como el proceso de definición de un problema, recopilación de datos, generación de alternativas y elección de un curso de acción. Sin embargo, todos estos pasos no son tan fáciles de identificar en nuestras elecciones diarias, principalmente porque muchas de ellas las realizamos de manera inconsciente. Estos actos que realizamos sin darnos cuenta pueden ser de dos tipos: programados o automatizados. En el primer grupo encajarían cosas como respirar, caminar, los reflejos…todas aquellas capacidades que traemos “de serie”. Por otro lado, los procesos automatizados son aquellos como montar en bici o conducir, es decir, toda acción que, mediante la práctica y la repetición, es realizada de manera inconsciente. Tras varios años conduciendo, no necesitamos pensar cómo hacerlo, sino que es tan fácil como respirar. Automatizar las acciones que repetimos de forma diaria es muy útil para nuestro cerebro, ya que nos deja espacio para prestar atención a otros estímulos del ambiente.

Saltemos ahora a las decisiones que tomamos de forma “consciente”. ¿Por qué entrecomillar la palabra consciente? Porque, muy a nuestro pesar, la mayoría de las decisiones que creemos tomar de forma racional y estudiada son, en realidad, mucho más básicas y emocionales, pero vayamos por partes. Las emociones nos influyen más de lo que creemos. Todas hemos hecho o dicho cosas de las que luego nos arrepentimos sólo por haber tenido un mal día. Pues bien, esto es justo lo que ocurre (a un nivel más profundo) con la mayoría de nuestras elecciones, pongamos un ejemplo. Imaginemos que queremos comprarnos un coche nuevo y en el concesionario hay dos vendedores, de los cuales, uno de ellos tiene un aspecto familiar. Es mucho más probable que si nos atiende dicho comercial acabemos comprándonos el coche, simplemente porque la familiaridad nos sugiere un sentimiento tranquilizador y de confianza.

Sabemos que el peso de información de una actividad cerebral “anterior” en las decisiones cotidianas es de un 80%. Así, los procesos que influyen en nuestras decisiones son varios. El primero de ellos es la memoria (en casi cualquiera de sus divisiones), pues es donde guardamos nuestras experiencias previas asociadas a los sentimientos que despertaron en nosotros. Es más, algunos estudios plantean que son esos sentimientos lo que más recordamos. El aprendizaje también condiciona nuestras decisiones, puesto que dependiendo de nuestra experiencia tomaremos diferentes posturas (por ejemplo, si “hemos aprendido” a tomar el kiwi con una cuchara tras haberlo partido por la mitad, es poco probable que la próxima vez que comamos un kiwi lo pelemos y lo partamos en trozos). Por último, a esta lista también podemos añadir los marcadores somáticos (de la Hipótesis del Marcador Somático propuesta por Damasio), los cuales se podrían definir como “alarmas internas” que nos acercan o nos alejan de la decisión planteada. Estos marcadores pueden ser innatos o los podemos ir aprendiendo a lo largo de nuestra vida.

Es decir, nuestras decisiones no son tan simples ni tan racionales como creemos, sino que decidimos en función de una gran cantidad de información que ya teníamos y de la cual no éramos del todo conscientes. Por lo que podemos decir que nuestro pasado estará muy presente en las decisiones que tomemos en un futuro.

By |2019-06-11T19:19:56+00:00diciembre 1st, 2015|Blog, Destacado|Comentarios desactivados en Toma de decisiones